lunes, 8 de abril de 2013

La bal de La Garcipollera

La Bal de la Garcipollera comienza en la confluencia de los ríos Ijuez y Aragón y se abre en dirección oeste.
Este sábado he estado comiendo en El Albergue de La Garcipollera. Es el sitio donde se come el mejor chuletón a la brasa del mundo mundial, sin exagerar ni un pelo... Exagerando, sería el mejor de la galaxia. Aunque empiezo este post hablando de comida, es solo una excusa para llevaros hasta el valle donde se encuentra ese albergue: La Garcipollera. La boca del valle se sitúa en Castiello de Jaca, a siete kilómetros de la capital de La Jacetania, donde el río Ijuez desemboca en el Aragón, y se remonta desde allí a lo largo de una quincena de kilómetros hasta algo más allá de la maravillosa ermita de Santa María de Iguacel. Hasta aquí, aparte de esa ermita románica que es una de las cunas del Reino de Aragón, tampoco he hablado sobre nada que diferencie este valle de otros muchos del Pirineo. Pero, os lo aseguro, este es un lugar muy particular.
El valle tenía seis pueblos hasta los años 50: Yosa, Bergosa, Bescós, Villanovilla (donde está actualmente el albergue), Acín y Larrosa. Pero, en 1956, el Gobierno franquista decidió llevar adelante un viejo proyecto que databa de 1927, de la otra dictadura del siglo XX en España (la de Miguel Primo de Rivera), y que consistía en comprar los terrenos de los términos municipales de los seis núcleos y hacer una repoblación forestal con el objetivo de convertir el valle en un centro de producción maderera. No penséis que la Guardia Civil sacó a punta de "máuser" a los habitantes del valle, como pasó dos décadas después en Jánovas, ni mucho menos: la mayor parte de los propietarios pensaron que era un buen negocio (entonces, sin duda, sí lo era) vender sus tierras y marchar a zonas más desarrolladas a buscar trabajo: Jaca, Sabiñánigo, Huesca, Zaragoza, Barcelona... Y así lo hicieron, empezando por Yosa el 21 de marzo de 1956 y siguiendo por el resto de las poblaciones hasta terminar el 25 de noviembre de ese año. En Villanovilla y Bergosa los propietarios no llegaron a vender las casas ni las tierras más cercanas a los pueblos (de hecho, actualmente todavía se pueden ver los campos abandonados en las cercanías de ambas localidades, cada vez con menos pasto y más zarzas y árboles...) y en Bescós hubo uno que no vendió. Yo recuerdo de niño que en Villanovilla vivían tres personas de dos casas, uno de ellos el cartero que traía la correspondencia a Castiello, estamos hablando de hace más de 30 años. Si queréis más información sobre todo aquél proceso podéis encontrarla en este enlace (clic aquí) y en el libro que cita: La Garcipollera, memoria de un valle, de Pascual Calvo Ramón.
¿Qué ha ocurrido desde entonces? Bueno, para empezar hay que decir que la repoblación forestal fue un éxito en cuanto a que la Garcipollera tiene unos pinares estupendos, donde se pueden coger setas en temporada, pasear en cualquier momento del año y escuchar la berrea de los ciervos en otoño. Pero, tras 60 años, la producción maderera del valle es igual a cero... en algo se debieron equivocar los ingenieros de montes de los 50, por lo que se ve. La actividad económica de los nuevos habitantes no tiene nada que ver con la explotación forestal.
La Bal de la Gacipollera es ahora dos cosas: un pequeño polo de atracción de turismo amante de la naturaleza y respetuoso con ella, y el enclave de la mayor granja experimental del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA). Los dos pueblos que se han vuelto a habitar y viven de estas dos actividades son Villanovilla y Bescós, respectivamente. El primero ha sido reconstruido casi en su totalidad e incluso se han levantando casas nuevas (no os asustéis, todo dentro de un orden realmente raro en la época del "boom" urbanístico de los años precedentes) y cuenta con el albergue del que os he hablado antes, que es más hotel que albergue, y con varios alojamientos de turismo rural. En el segundo todavía se ven las ruinas de las casas antiguas, que incomprensiblemente no se han recuperado, mientras que se han levantado nuevas edificaciones para los cuidadores de la granja y para los científicos que vienen de Zaragoza a pasar largas temporadas desarrollando sus proyectos de investigación. La única casa antigua que se ha mantenido son las escuelas, que supongo que se siguen utilizando como aula de formación, ya que se encuentran en excelente estado de conservación.
Bescós de Garcipollera. Las nuevas construcciones donde viven los trabajadores e investigadores de la granja del CITA.
Un precioso rincón de Villanovilla. A la izquierda está la puerta de entrada del Albergue de la Garcipollera.
Da mucha pena, por contra, ver las ruinas de Larrosa, Acín o Bergosa. En éste, los últimos habitantes y sus descendientes reconstruyeron una caseta en la zona donde estaban las eras del pueblo y se juntan de vez en cuando a recordar tiempos pasados. Y los dos últimos nacidos en Bergosa, una pareja de hermanos, han construido también una nueva casa en la parte más alta de la localidad. La última vez que subí, este mes de agosto de 2012, tuve la suerte de encontrarlos allí y hablar con ellos de cuándo y cómo se abandonó el lugar.
La torre de la iglesia de Acín se yergue todavía orgullosa. El resto de las construcciones del pueblo están prácticamente destruidas.
También Bergosa está completamente en ruinas, excepto las dos casas construidas posteriormente por los descendientes del pueblo que os he comentado en el texto y la torre de la iglesia, como en Acín. Va a ser que la Iglesia siempre ha hecho "buenas obras"...
Al final, aunque sea en su mayor parte con gente venida de otros lugares el valle se mantiene vivo, cada vez más... Por eso escribo sobre él. Además, ha sabido combinar perfectamente la actividad ganadera de vacuno y ovino, la que corre por las venas del Pirineo, con la potenciación de un turismo tranquilo que se integra en el paisaje para disfrutar de él. Parece que, por una vez, se han hecho las cosas bien.
Ahora sólo os queda conocerlo. Es muy fácil recorrer la carretera principal en vehículo particular: está asfaltada los seis primeros kilómetros, hasta Villanovilla, y a partir de ahí es de tierra pero está transitable hasta la ermita de Iguacel. Yo recomiendo que no os limitéis al coche, que caminéis hasta las ruinas de Larrosa o Bergosa y, si os gusta la bicicleta, que disfrutéis de todos los caminos del valle que son un paraíso de la bici de montaña. Si no habéis estado nunca, merece la pena ir.
Termino con una foto de mi amigo José Ricardo Gracia (Esparbel.es) de la mayor maravilla que esconde la Bal de la Garcipollera: la ermita de Santa María de Iguacel.

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